Era una noche de verano, una de tantas en las que el calor era sofocante y el ambiente rezumaba olor a flores y a tierra.
En un porche un hombre reclinado en una hamaca se dejaba seducir por la caída del día.
Sus ojos, cansados, reposaban en el horizonte mientras el humo, suavemente, se deslizaba entre sus labios.
A sus oídos llegaba una lejana algarabía de niños y vida y desde el interior de la casa una radio medio escacharrada despedía notas de jazz.
Había pasado toda una vida, la suya, y su cuerpo ya no respondía igual. Un matiz diferente tintaba su mirada y el peso de los años habían curtido su piel.
En su viejo corazón yacían posos de historia y felicidad. No había en él desasosiego, ni búsqueda. Había jugado su partida y ahora le mecía la quietud.
Para hallar hay que ser libre, no buscar, y ahora él lo era.
Ser sabio cuesta muchos años, cuesta una vida entera.
Nieves
13 Abril 2010
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