Hace
sol.
Demasiado
sol.
Adoro
esta maldita sensación. Morder, y que mi boca se inunde de tan
apetitoso manjar. Tal día como hoy, recostada en mi hamaca, devoro
sangre. Que mejor manera de soportar el hastío de este verano.
Anoche
salí, bebí demasiado, y al despertar mi lengua me exigía jugoso
zumo rojo. Escupir los despojos que no quería. No imaginaba mayor
placer.
Ha
sido desde mi infancia, cada verano esperaba con fervor las tardes en
las que tras recoger alguna sandía, me detenía a engullirlas allí
mismo . La boca, roja y pegajosa, al igual que los dedos.
El
bochorno se disipaba a menudo que comíamos. Un pasaje de vuelta del
infierno. Un otoño momentáneo en mitad de un angustioso agosto.
Disfrutaba
pensando que era sangre. Quizás síntomas prematuros de lo que sería
una arrebata vidas cualquiera. Sentir a Dios entre mis dedos. Siendo
Dios en mi paladar. Urdiendo mi propio paraíso.
Hace
años que perdí la noción de la realidad. Corrupto. Ajeno.
Desconozco los actos que mi cuerpo lleva a cabo, puede que no
supiera soportarlos más. Quizás prefiera pensar que es tan sólo
sandía.
Ojalá
no fuese sangre.