retazos de esquinas semitransparentes

sábado, 23 de febrero de 2013

Artículo de Le Journal International, Francia

http://www.lejournalinternational.fr/Une-Espagnole-a-Paris_a502.html



El 31 de Enero no fue un día cualquiera para mí; fue el día que emigré de mi país, del mismo modo que mi abuelo tuvo que emigrar, en su caso a Alemania, ahora nos toca a nosotros los jóvenes, dos generaciones después, emigrar, como ellos, a otros países con la esperanza de que nos acojan y nos permitan aprehenderlos y nos aprehendan a su vez. Yo escogí París, la ciudad del amor, de los bohemios, de los revolucionarios. Escogí París porque hay sueños que hay que cumplir, pero mucho más real, escogí irme porque en España no tenía trabajo.
Ese día, último día del primer mes de este nuevo año partí de Barajas hacia Charles de Gaulle, de Atocha a Chatelet les Halles, de Madrid a París, abandonando mi tierra en busca de nuevas posibilidades.

Chatelet es una estación céntrica, muy grande, yo entonces eso no lo sabía, tampoco sabía que proponer una cita en ese lugar tendría dudosas circunstancias. Pero no me importó, era París, una hora, dos, de espera de búsqueda, entre luces y gente, mucha gente.
París es de color rojo, fue lo primero que pensé, tenía sentido, coquetería y seducción, a fin de cuentas es la ciudad del amor. Había muchos restaurantes alumbrados con luces rojas reclamando que entrases, luces centelleantes, bonitas en cierto sentido, dotaban la calle Rívoli de cierto tinte acogedor, casi hogareño, camuflando así la impersonalidad que caracteriza a las grandes capitales. París es de color rojo, y eso la dota de encanto, sí eso fue lo primero que pensé. Luces por doquier, y gente, la calle estaba abarrotada de gente, pero era claro que no era Madrid, que esa gente no era la misma de allá dónde yo vivo; tampoco las prisas -que las había-eran las mismas, en París todo el mundo parecía ir o venir de alguna parte muy importante; la gente parecía realizada, contenta, como si su rol en esta sociedad fuese incluso trascendente, como si el simple hecho de recorrer esta ciudad fuese en sí mismo un triunfo. En Madrid la gente camina aburrida, sabedoras de que su vida acá o allá no resplandecen en absoluto, no son envidiadas, ni dotadas de características extraordinarias. Caminar por Madrid no significa ser nada más que tu misma, caminar por París significa ser parisino, aunque sea temporalmente, y eso se nota.

Yo no podía sentirme parisina, no todavía, aunque si podía caminar por allí con triunfo, triunfo por haber llegado, por fin, a la capital más transitada, más visitada de Europa.


Pero no era eso lo importante, no, lo importante para mí es que París había sido la ciudad por excelencia de los bohemios, de aquellos que existieron, de aquellos que los añoran y rinden culto a su legado. Porque también era eso París:culto y mitificación de aquello que fue. Hoy en día ya era cosa del pasado la explosión de los 'ismos'; el tango ya hace rato que llegó a París con Carlos Gardel; así como todos esos literatos que vinieron de todas las partes del mundo a escribir en y sobre París, como Cortázar, y su tan amada y arrebatadora Maga. También Sartre y Camus eran cosa de antes, y no de ahora. No, ahora ya sólo restan recuerdos, posos de grandezas. Hoy en día parecía a primera vista que los pensadores, pintores, literatos, artistas, a fin de cuentas, habían salido de sus escondrijos y se habían recluido en las tiendas, tiendas preciosistas vendiendo arte a precios desorbitados, ahí es donde se cristalizaba la sacralización de esa gran explosión de cultura y belleza de principios de siglo XX. Eso era París, porque, pese a que quisiera, esta ciudad no habría podido escapar de la modernidad, dónde todo se compra y todo se vende, y lo demás carece de valor. Así pues, con la bohemia recluida en las tiendas, la ciudad suspiraba nostálgica. Sus turistas suspiraban apenados, anhelando volver a aquella época donde el consumo era cultural, donde había disputa y reunión, y arte y libertad, a ese París que es el que les habían vendido, él que nos habían vendido cuando oímos aquello de 'Siempre tendremos París'.

Pero no todo está perdido en este París del segundo milenio, no, aún queda algo, queda un remanente, quedan las librerías. Una profusión de librerías se extiende por cada barrio de París, libros de ocasión, precios tan bajos que resulta imposible no detenerte en casa puesto y deleitarte leyendo los títulos, buscando esa nueva novela que te haga vibrar. Palpita el pasado con fuerza en estas librerías, invitándote a creer que aún pueden existir esas ansias por el arte, que aún esta ciudad acoge a todos aquellos que vienen en busca de sí mismos, que vienen a ser artistas a la ciudad dónde eso es posible.
Sí, si algo hay barato en París eso son los libros. Aunque, quizás a parte de los museos, gratuitos para los jóvenes, esto sea lo único barato. No está mal, de todos modos, que al menos lo barato sean los libros y museos, la cultura, quizás sea este el homenaje más importante a la grandeza de París.

Por otro lado, si algo tiene de problemático esta ciudad es el invierno. Un libro y una caña, un libro y un café, sentarte en un terraza al calor de las estufas para contemplar el río de gente y relaciones que transcurre veloz ante tus ojos; no, imposible, demasiado caro. Seamos sinceros, la calle, los parques, los bancos, las aceras, la orilla del Sena, todo eso esta bien, maravilloso incluso, para la primavera, para el verano, pero en invierno o bien lees en tu casa, o bien te dejas tus ahorros en un café de cualquier plaza, de cualquier esquina de París. Si hay algo que no entiendo es cómo la clase media puede vivir en París, si es que lo hace, los alquileres son carísimos, exagerados, y el simple hecho de tomar el metro o tomarse un café en un bar ya escapa de mi presupuesto semanal de España, el dinero que puedo gastar aquí en un día, allí necesitaría toda una semana para gastarlo, siguiendo el mismo ritmo de vida. Sí, quizás en esta capital se hablo tanto como en las otras de la crisis, pero no es nada más que ello un tema de conversación sobre un hecho que pilla bien lejos, como hablar de una guerra lejana, no se siente la crisis en París, no se intuye en las calles, no ves jóvenes desempleados, ni los bares vacíos. En Madrid la crisis se siente, la crisis se ve en las calles, dónde cada vez hay más bicis por la imposibilidad de coger el metro; la crisis se nota en tu grupo de amigos, dónde hay siempre más de un parado, jóvenes, con estudios y sin empleo, pero aún nos brindan la posibilidad de divertirnos, cinco euros, cinco cañas y cinco tapas, y has hecho la noche, entre risas y desparpajo, de bar en bar, si, tal vez como si en esos momentos no hubiera crisis ni problemas, porque con cinco euros aún puedes vivir la ciudad.

Habrá que esperar al buen tiempo para disfrutar plenamente de París, los picnic a orillas del Sena, las lecturas a la sombra de Notre Damm, la guitarra en los Jardines de Luxemburgo. Quizás cuando el tiempo mejore París me ofrezca otra cara, me aleje de lo turístico y pueda sumergirme de lleno en la parte de la ciudad que no aparece en las guías. Pero mientras tanto temo que no queda otra que seguir añorando las cañas y las tapas de mi país; uno siempre añora su país cuando está lejos, aunque hasta que eso ocurre nunca se sabe muy bien qué será lo que más te falte. A mí me faltan las cañas bajo el sol tibio del invierno, en una terraza cualquiera, desde dónde escuchar la algarabía de las ciudades espontáneas y ruidosas de España.

Pero París, siempre será París, y por eso quiero pensar que aunque no haya cañas y que pese a las luces rojas, las tiendas y los cafés, sigue habiendo buhardillas decrépitas, plagadas de polvo, habitadas por artistas hablando de revolución, embriagados de amor, poseedores de esa fe en que el mundo siempre puede ser un lugar mejor, o al menos, más bello.

Nieves Meijide



martes, 22 de enero de 2013

Pasado

Tú que tenías miedo, tú que me pediste que no lo tuviera, tú que me perdonaste, que me educaste.
Tú que te volviste pasado. Tendría un presente contigo. Siento haberte abandonado. Tú.

miércoles, 16 de enero de 2013

Sin título.


No sale. No se comenta. Necesito hablar, y por eso escribo.
Me repito lo que elijo. Hay cosas que no me repito, y que también están, dentro. A veces, viene bien sacarlas. Arrancarme la piel es lo que quiero. Pienso que si el dolor estuviese patente el siguiente paso sería          irse.

No es que me hastíe. Me hastía solo si lo digo, eso sí. Me cala, con solo ponerle nombre. Por eso ponerle nombre a las cosas es lo más importante. Hay que cuidarlos, elegirlos.

Quisiera escribir hasta llegar. Pero dónde está ese querer, dónde quedará el principio. Las cosas a medio hacer, me inquietan. Contradicciones lógicas dentro de ti. 'Si eres escritor, escribe, no le des mas vueltas'. Esta frase como principio y fin de toda cavilación al respecto. Quizás debiera describir...

Ahora, es el salón. Hay una variedad de 'cada unos'. Las relaciones también son de cada uno, naturalmente. Y hay algo más. Yo aquí, y también mas allá, en la calle. Lo que siento es que estoy a gusto. Lo que pienso, qué a lo mejor no está eso del todo mal. Eso de permanecer, el encanto. Lo conoces, vives, feliz.
Salamanca. Quizás fue por los años universitarios que la trabaron. Él, y todo, también todos los otros, nosotros que vivimos allí.

Conectar, con el folio, es maravilloso. Te lo sacas de dentro al posarlo aquí, así, vertiendo la amalgama del absoluto, que es lo que te atraviesa y nace de ti. Estas a gusto cuando estás honesta, siempre. Contigo y con los otros.
No se la solución pero la intuyo. Y la intuyo porque creo que es lo bueno, lo correcto. Y este sentimiento viene de dentro, por pura duda y debate. Cuestionamiento.

Esto me gusta, esto del control mental, me gusta. Estoy contenta, c'est la vie, mon dieu, c'est magnifique.                                            Patrañas o no, poco a poco, así   se va haciendo llevadero.





Intento agrietar, agrietarme, con las palabras adecuadas, nada más. Creo que en el lenguaje está todo, en los nombres.


Nieves. 1.13

lunes, 19 de noviembre de 2012



En fin. Perdóname. Vaya mensaje caótico. Me apetecía hablar conmigo. A veces creo que pierdo la cabeza. El control de ella al menos. Parcialmente, al menos.

viernes, 17 de agosto de 2012

Domingos


Antes yo no sabía quien era, ella tampoco se conocía.
Jugamos a descubrirnos, como si nada impuro pudiese entretejernos.


Puro, detesto esa palabra. Fronteras limitadas. 
Puro, dicen que real, que infantil, que inocente, acabado y sin pervertir. Sin evolución. Desde que nacemos tendemos hacia la impureza de manera irrefrenable. Casi parece un designio divino, cuasi bíblico.
No hay salida. 
Amparándonos en ello nos excusamos, justificamos nuestros crímenes y devaneos. Necesitamos un concepto tal que puro, del que extraigamos las mismas consecuencias que de este, las misma derivaciones. Porque si no estaremos arrojados a la corrupción.

Aún necesitamos de la fe.

Hay algo, hay culminación y conquista, pero sin el concepto adecuado no podremos evocarlo, ni reclamarlo, no se concreta la idea. Quiero designar algo y no me enseñaron como hacerlo. Ahora entiendo el cuento del dragón y el hombre, para vencer al dragón solo debía saber como se llamaba. 
Si no hay nombre, concepto, no puedes enfrentarte a ello.

La tendencia debe ser hacia lo puro, bello y bueno. No debería tener sentido de otro modo.




Viajando con Pablo.


martes, 5 de junio de 2012

Jones.


Quizás llevemos muchos años siendo amigas. O quizás no tanto. Aunque ella siempre nos echa alguno de más. Yo siempre le digo que no la recuerdo. Será que tengo facilidad para olvidar las cosas buenas que pasan por mi vida.
Ella impregna mi vida de ligereza dónde sólo caben risas. Y nunca nada es demasiado serio. Y yo me lleno de esperanza porque la vida ya no parece tan complicada y gris.
Su alegría es mucho más que un soplo de aire freso. Y entonces me doy cuenta de que estoy más viva de lo que creía.
Poco a poco hemos ido creciendo y ella se ha convertido en una mujer que con tan solo mirarla ya sabes que va a comerse el mundo. Y que encima va a sentarle bien. Y yo me vuelvo más valiente y me contagio de sus ganas de salir a darle bocados a todas las esquinas.
Y me encanta cuando recién la veo, y me sonríe y es como si mi caos se pusiera entre paréntesis y ya solo importase vivir. Y yo le devuelvo entusiasmada la sonrisa, porque con ella comienzo a creer que todos los rincones están llenos de paraísos y sólo hay que abrir los ojos un poquito para verlos mejor.
Simplemente es que ha teñido mi mundo demasiadas veces de bellos colores.
Y lo sigue haciendo. Cada día.

lunes, 9 de abril de 2012

Saudade

Coartados por su propia ignorancia desconocen los vacíos de palabras llenos de vida y determinación que nos conforman. No saben de las sombras ni de la luz, siempre irreflexiva, que pueden arrojar sobre ellas.
La comunicación apenas nos abarca. Los sentimientos, emociones y asociaciones que reflejan la verdad, esencia y trascendencia del concepto, de cualquier concepto, refieren solo al individuo, intransferible. El lenguaje crea vacíos. El arte, la poesía, tratan de colmarlos. Nunca con éxito completo.
Fronteras, límites, soledades.
Auto conocimiento del yo, irreflexivo. Auto conocimiento del mundo. Solo.