El
31 de Enero no fue un día cualquiera para mí; fue el día que
emigré de mi país, del mismo modo que mi abuelo tuvo que emigrar,
en su caso a Alemania, ahora nos toca a nosotros los jóvenes, dos
generaciones después, emigrar, como ellos, a otros países con la
esperanza de que nos acojan y nos permitan aprehenderlos y nos
aprehendan a su vez. Yo escogí París, la ciudad del amor, de los
bohemios, de los revolucionarios. Escogí París porque hay sueños
que hay que cumplir, pero mucho más real, escogí irme porque en
España no tenía trabajo.
Ese
día, último día del primer mes de este nuevo año partí de
Barajas hacia Charles de Gaulle, de Atocha a Chatelet les Halles, de
Madrid a París, abandonando mi tierra en busca de nuevas
posibilidades.
Chatelet
es una estación céntrica, muy grande, yo entonces eso no lo sabía,
tampoco sabía que proponer una cita en ese lugar tendría dudosas
circunstancias. Pero no me importó, era París, una hora, dos, de
espera de búsqueda, entre luces y gente, mucha gente.
París
es de color rojo, fue lo primero que pensé, tenía sentido,
coquetería y seducción, a fin de cuentas es la ciudad del amor.
Había muchos restaurantes alumbrados con luces rojas reclamando que
entrases, luces centelleantes, bonitas en cierto sentido, dotaban la
calle Rívoli de cierto tinte acogedor, casi hogareño, camuflando
así la impersonalidad que caracteriza a las grandes capitales. París
es de color rojo, y eso la dota de encanto, sí eso fue lo primero
que pensé. Luces por doquier, y gente, la calle estaba abarrotada de
gente, pero era claro que no era Madrid, que esa gente no era la
misma de allá dónde yo vivo; tampoco las prisas -que las había-eran
las mismas, en París todo el mundo parecía ir o venir de alguna
parte muy importante; la gente parecía realizada, contenta, como si
su rol en esta sociedad fuese incluso trascendente, como si el simple
hecho de recorrer esta ciudad fuese en sí mismo un triunfo. En
Madrid la gente camina aburrida, sabedoras de que su vida acá o allá
no resplandecen en absoluto, no son envidiadas, ni dotadas de
características extraordinarias. Caminar por Madrid no significa ser
nada más que tu misma, caminar por París significa ser parisino,
aunque sea temporalmente, y eso se nota.
Yo
no podía sentirme parisina, no todavía, aunque si podía caminar
por allí con triunfo, triunfo por haber llegado, por fin, a la
capital más transitada, más visitada de Europa.
Pero
no era eso lo importante, no, lo importante para mí es que París
había sido la ciudad por excelencia de los bohemios, de aquellos que
existieron, de aquellos que los añoran y rinden culto a su legado.
Porque también era eso París:culto y mitificación de aquello que
fue. Hoy en día ya era cosa del pasado la explosión de los 'ismos';
el tango ya hace rato que llegó a París con Carlos Gardel; así
como todos esos literatos que vinieron de todas las partes del mundo
a escribir en y sobre París, como Cortázar, y su tan amada y
arrebatadora Maga. También Sartre y Camus eran cosa de antes, y no
de ahora. No, ahora ya sólo restan recuerdos, posos de grandezas.
Hoy en día parecía a primera vista que los pensadores, pintores,
literatos, artistas, a fin de cuentas, habían salido de sus
escondrijos y se habían recluido en las tiendas, tiendas
preciosistas vendiendo arte a precios desorbitados, ahí es donde se
cristalizaba la sacralización de esa gran explosión de cultura y
belleza de principios de siglo XX. Eso era París, porque, pese a que
quisiera, esta ciudad no habría podido escapar de la modernidad,
dónde todo se compra y todo se vende, y lo demás carece de valor.
Así pues, con la bohemia recluida en las tiendas, la ciudad
suspiraba nostálgica. Sus turistas suspiraban apenados, anhelando
volver a aquella época donde el consumo era cultural, donde había
disputa y reunión, y arte y libertad, a ese París que es el que les
habían vendido, él que nos habían vendido cuando oímos aquello de
'Siempre tendremos París'.
Pero
no todo está perdido en este París del segundo milenio, no, aún
queda algo, queda un remanente, quedan las librerías. Una profusión
de librerías se extiende por cada barrio de París, libros de
ocasión, precios tan bajos que resulta imposible no detenerte en
casa puesto y deleitarte leyendo los títulos, buscando esa nueva
novela que te haga vibrar. Palpita el pasado con fuerza en estas
librerías, invitándote a creer que aún pueden existir esas ansias
por el arte, que aún esta ciudad acoge a todos aquellos que vienen
en busca de sí mismos, que vienen a ser artistas a la ciudad dónde
eso es posible.
Sí,
si algo hay barato en París eso son los libros. Aunque, quizás a
parte de los museos, gratuitos para los jóvenes, esto sea lo único
barato. No está mal, de todos modos, que al menos lo barato sean los
libros y museos, la cultura, quizás sea este el homenaje más
importante a la grandeza de París.
Por
otro lado, si algo tiene de problemático esta ciudad es el invierno.
Un libro y una caña, un libro y un café, sentarte en un terraza al
calor de las estufas para contemplar el río de gente y relaciones
que transcurre veloz ante tus ojos; no, imposible, demasiado caro.
Seamos sinceros, la calle, los parques, los bancos, las aceras, la
orilla del Sena, todo eso esta bien, maravilloso incluso, para la
primavera, para el verano, pero en invierno o bien lees en tu casa, o
bien te dejas tus ahorros en un café de cualquier plaza, de
cualquier esquina de París. Si hay algo que no entiendo es cómo la
clase media puede vivir en París, si es que lo hace, los alquileres
son carísimos, exagerados, y el simple hecho de tomar el metro o
tomarse un café en un bar ya escapa de mi presupuesto semanal de
España, el dinero que puedo gastar aquí en un día, allí
necesitaría toda una semana para gastarlo, siguiendo el mismo ritmo
de vida. Sí, quizás en esta capital se hablo tanto como en las
otras de la crisis, pero no es nada más que ello un tema de
conversación sobre un hecho que pilla bien lejos, como hablar de una
guerra lejana, no se siente la crisis en París, no se intuye en las
calles, no ves jóvenes desempleados, ni los bares vacíos. En Madrid
la crisis se siente, la crisis se ve en las calles, dónde cada vez
hay más bicis por la imposibilidad de coger el metro; la crisis se
nota en tu grupo de amigos, dónde hay siempre más de un parado,
jóvenes, con estudios y sin empleo, pero aún nos brindan la
posibilidad de divertirnos, cinco euros, cinco cañas y cinco tapas,
y has hecho la noche, entre risas y desparpajo, de bar en bar, si,
tal vez como si en esos momentos no hubiera crisis ni problemas,
porque con cinco euros aún puedes vivir la ciudad.
Habrá
que esperar al buen tiempo para disfrutar plenamente de París, los
picnic a orillas del Sena, las lecturas a la sombra de Notre Damm, la
guitarra en los Jardines de Luxemburgo. Quizás cuando el tiempo
mejore París me ofrezca otra cara, me aleje de lo turístico y pueda
sumergirme de lleno en la parte de la ciudad que no aparece en las
guías. Pero mientras tanto temo que no queda otra que seguir
añorando las cañas y las tapas de mi país; uno siempre añora su
país cuando está lejos, aunque hasta que eso ocurre nunca se sabe
muy bien qué será lo que más te falte. A mí me faltan las cañas
bajo el sol tibio del invierno, en una terraza cualquiera, desde
dónde escuchar la algarabía de las ciudades espontáneas y ruidosas
de España.
Pero
París, siempre será París, y por eso quiero pensar que aunque no
haya cañas y que pese a las luces rojas, las tiendas y los cafés,
sigue habiendo buhardillas decrépitas, plagadas de polvo, habitadas
por artistas hablando de revolución, embriagados de amor, poseedores
de esa fe en que el mundo siempre puede ser un lugar mejor, o al
menos, más bello.
Nieves
Meijide