Polonia
es el país del vodka, de los taxistas temerarios, del otoño y de
las mariquitas.
Antes
de llegar me dijeron que el otoño era la época dorada de este país,
y no me mintieron. Vivo en una ciudad metida en un bosque, rodeada de
árboles que cada año dejan caer sus hojas. Antes de correr hay que
caminar, así que en este país primero se lanzan bolas de hojas y
una vez entrados en calor, o en invierno, se pasa a las bolas de
nieve. Nieve que por cierto aún no ha caído, creo que con esto si
nos han timado un poco, hace ya varias semanas que debería estar
todo blanco. Pero volvamos a la maravillosa época que es el otoño
que, sin yo saberlo, me deparaba una grata sorpresa, volví a
reencontrarme con unas bellas amigas de la infancia, ¡la
mariquitas!, hacía al menos una década que no veía tantas, tantas
de unas cincuenta en mi balcón, cien en mi cuarto, si olvidaba
cerrar la ventana, y desde luego, que muchas, muchas, revoloteando
por las calles. Lublin, mi ciudad, estaba absolutamente plagada de
mariquitas.
Que no
los mariquitas, no, no, a ellos aquí les pegan. Aunque cierto es que
pegar pegan a muchos, porque también es el país de la lucha libre,
libre de libre de libremente te pego porque quiero. Es triste decir
de un país que lo que más te llamó la atención fue la agresividad
de la gente. ¿Hablando de tópicos? Pues, por desgracia, no.
Eso
sí, hay que reconocerlo, te tratan como a una señorita, y eso es
hermoso. Polonia parece cómo la España de nuestros abuelos, con
bailes, y citas. Los hombres te cuelgan el abrigo, te separan la
silla y piden por ti en la cena. Y si ven que fumas demasiado, puedes
llevarte una regañina. Pero como gente joven que somos, salimos y
bebemos y bebemos. Y cuando ellos han bebido y bebido, andate con ojo
que ningun otro te toque el pelo, porque mínimo al cuello se le
agarra. Y los ves, cuando los miras, como se reverberan al tiempo que
aumenta el número de cervezas, se van enrojeciendo y quieren
comenzar a echar pulsos con todo el mundo para batirse en duelo.
Tampoco
quiero ser injusta, y hablar mal de este país que tan bien me ha
acogido, pero cierto es que nunca vi, en toda mi vida, tanta gente
agresiva. Dicen que es por aquello de que el país fue muchas veces
invadido y tuvieron que luchar mucho, muchas veces. Eso dicen una y
otra vez. Y aunque en absoluto los excusa, lo peor es que es cierto,
miro la historia de este país y veo un pueblo luchando, miro la
historia del mío, y veo a un dictador que aguantó hasta su muerte.
A ratos, eso me apena. Y me entra morriña, morriña de un pasado que
no habité.
Hubo
una vez que en mi país había muchos árboles, y muchas mariquitas.
También había hermosos bailes y verdaderos caballeros y señoritas.
Y sobre todo, antes, también había gente luchadora, gente que
defendía y proclamaba sus ideales con fiereza, sin miedo a las
consecuencias, quizás era porque había menos que perder, porque se
tenía menos, quizás es que ahora seamos más cobarde, o quizás,
simplemente, es que en alguna parte del camino, dejamos olvidados los
ideales.
Puede
que algún día lo encontremos en el cajón donde guardamos todas las
mariquitas. O puede, que como estas, se hayan extinguido para
siempre, y nuestros hijos crezcan sin conocerlas.
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