Quizás llevemos muchos años siendo amigas. O quizás no tanto. Aunque ella siempre nos echa alguno de más. Yo siempre le digo que no la recuerdo. Será que tengo facilidad para olvidar las cosas buenas que pasan por mi vida.
Ella impregna mi vida de ligereza dónde sólo caben risas. Y nunca nada es demasiado serio. Y yo me lleno de esperanza porque la vida ya no parece tan complicada y gris.
Su alegría es mucho más que un soplo de aire freso. Y entonces me doy cuenta de que estoy más viva de lo que creía.
Poco a poco hemos ido creciendo y ella se ha convertido en una mujer que con tan solo mirarla ya sabes que va a comerse el mundo. Y que encima va a sentarle bien. Y yo me vuelvo más valiente y me contagio de sus ganas de salir a darle bocados a todas las esquinas.
Y me encanta cuando recién la veo, y me sonríe y es como si mi caos se pusiera entre paréntesis y ya solo importase vivir. Y yo le devuelvo entusiasmada la sonrisa, porque con ella comienzo a creer que todos los rincones están llenos de paraísos y sólo hay que abrir los ojos un poquito para verlos mejor.
Simplemente es que ha teñido mi mundo demasiadas veces de bellos colores.
Y lo sigue haciendo. Cada día.