retazos de esquinas semitransparentes

Camas de diamantes


Salir a hacer turismo; andar y ver, andar y ver. Pero no nos olvidemos de lo principal, fotografiar. Hoy en día si no tienes una instantánea de los lugares por donde has viajado es que no lo has hecho.
Miramos más a través de el objetivo que desde nuestros propios ojos. No interesa, a la mayoría, observar los paisajes, ya sean urbanísticos o no, que se abren ante nuestros ojos, sino fijarlos, hacerlos eternos, para demostrar que una vez estuvimos ahí.

Ahí, junto a la Torre Eiffel, junto al Muro de Berlín, junto al Taj Mahal, o por qué no, junto al Campo de Concentración de Majdanek.

Hace un par de fines de semana recibí la visita de un compañero filósofo, que cómo era de esperar venía armado con su reflex. Tras recorrer la ciudad le propuse visitar el campo de concentración situado a las afueras de mi ciudad. Al llegar, las fotos de rigor; junto al monumento a los judíos, otra con los puestos de vigilancia al fondo, junto a las barracas...Digamos que hasta ahí todo normal, éramos solo dos turistas más. El problema, o el dilema, se produjo cuando quiso fotografiarme al lado de las camas donde, hacinados sufrían, más que dormían, los judíos. Saltaron mis alarmas, algo no encajaba, ¿Acaso sólo importaba el morbo? ¿O éramos tan ignorantes que no nos dábamos cuenta de dónde estábamos realmente? El colmo hubiera sido una foto detrás de la verja con cara de pena, o ¿Por qué no? Una tirados en el suelo de las habitaciones dónde los gaseaban, 'Sí yo también morí en un campo de concentración'

Algo no marchaba bien, tanta frivolidad había tocado fondo. El sistema de andar y fotografiar era insostenible, sólo que hasta no se convirtió en verdadera falta de respeto no percibí su total inutilidad y descaro, su superfluidad a fin de cuentas.

La proliferación de la fotografía destruyó su esencia, aniquiló su belleza. Vivimos en un mundo de perversión y desgana, lo tenemos todo, pero ya nada vale nada. Libros, música, información, conocimientos, sexo, todo al alcance de nuestra mano. Perdimos calidad por cantidad. Y a cantidad se tornó agobiante.
Si todos durmiéramos en camas de diamantes estos ya no serían diamantes.



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